
Cuando llegamos a la escuela, recibimos una larga introducción que detallaba lo maravilloso que era el lugar y la suerte que teníamos de estar allí. Pero nadie nos explicó exactamente por qué debíamos estar allí. Sí, entendíamos que el objetivo general era acumular conocimientos, aunque aprender Shakespeare y álgebra no nos parecía particularmente útil para nuestro futuro. Todavía no he conocido a una sola persona que haya encontrado utilidad al álgebra en la vida adulta. La excusa que se ofreció fue que desarrollaba la inteligencia. Me pareció extremadamente poco inteligente no darnos la oportunidad de estudiar materias que, además de desarrollar nuestra inteligencia, serían de utilidad práctica. Aprendí la ley de Boyle y la ley de Ohm de memoria, sin tener ni idea de su significado, y sin embargo, cinco años después salí de la escuela incapaz de cambiar un fusible o conectar un enchufe. Es comprensible que nos hiciéramos la impresión general de que estábamos allí por la misma razón por la que nos mandaban a la escuela dominical: para mantenernos alejados de los problemas hasta que tuviéramos edad para trabajar.

Allen Carr
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