
La euforia de la batalla le resultaba placentera, pero la visión de los muertos, con sus rostros de arcilla, ojos vacíos y cuerpos rígidos que, cuando no estaban encogidos de forma antinatural, estaban hinchados de forma antinatural, siempre le había afectado profundamente. Sentía hacia ellos una especie de antipatía irracional que iba más allá de la repugnancia física y espiritual común a todos. Sin duda, este sentimiento se debía a su sensibilidad inusualmente aguda: su agudo sentido de la belleza, que estas cosas horribles ultrajaban. Cualquiera que fuera la causa, no podía mirar un cadáver sin un odio que contenía un elemento de repugnancia. Lo que otros habían respetado como la dignidad de la muerte no existía para él; era completamente impensable. La muerte era algo que odiar. No era pintoresca, no tenía un lado tierno ni solemne; era algo lúgubre, horrible en todas sus manifestaciones y sugerencias. El teniente Byring era un hombre más valiente de lo que nadie imaginaba, pues nadie conocía el horror que sentía ante aquello a lo que estaba dispuesto a enfrentarse. («Una dura batalla»)
Historias de fantasmas

Ambrosio Bierce
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