
Pero tiene que haber reglas.” Se separó del beso, retirando también su dedo, deslizándolo por su barbilla y garganta, dejando un rastro húmedo. “¿Reglas?” Su mirada se encontró con la de él. “Esto solo puede ser sexo. Solo siete semanas de sexo completamente depravado, totalmente libre de ataduras.” Su dedo se movió hacia abajo, girando primero alrededor de un pezón y luego del otro. “Sin expectativas. Sin compromisos. Sin apegarse. Sin llorar como un bebé y rogarme que no me vaya.” Ryder se rió al pensarlo, pero había un matiz ronco en su risa cuando su dedo recorrió su abdomen. “No me voy a enamorar de ti”, continuó. “Y tú no te vas a enamorar de mí. No renunciaré a mi sueño otra vez, Ryder. Ni por ti, ni por ningún hombre. ¿De acuerdo?
Jugando con la eternidad

Amy Andrews
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