
Gracias a mi madre, me criaron con una imaginación morbosa. Cuando era niña, a menudo hablaba de la muerte como una advertencia, como un hecho inevitable. La mamá de la pequeña Debbie, la vecina de la cuadra, podía decir: «Cariño, mira a ambos lados antes de cruzar la calle». La versión de mi madre: «Si no miras, te aplastan como a un lenguado». (Los lenguados eran los peces baratos que comprábamos vivos en el mercado, que yo distinguía por sus dos ojos fijados a un lado de sus tristes caras de dibujos animados). Las advertencias empeoraban, dependiendo del peligro. La educación sexual, por ejemplo, consistía en el siguiente consejo: «Nunca dejes que un chico te bese. Si lo haces, no puedes parar. Luego tienes un bebé. Metes al bebé en un cubo de basura. La policía te encuentra, te mete en la cárcel, entonces se acabó tu vida, mejor suicídate.
Lo opuesto al destino: recuerdos de una vida dedicada a la escritura

Amy Tan
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