
No es que no tuviéramos corazón ni ojos para el dolor. Todos teníamos miedo. Todos teníamos nuestras desgracias. Pero desesperarse era desear algo ya perdido. O prolongar lo que ya era insoportable… ¿Qué era peor, sentarse a esperar nuestra propia muerte con rostros solemnes? ¿O elegir nuestra propia felicidad? Así que decidimos organizar fiestas y fingir que cada semana era el año nuevo. Cada semana podíamos olvidar las injusticias pasadas. No se nos permitía tener malos pensamientos. Comíamos, reíamos, jugábamos, perdíamos y ganábamos, contábamos las mejores historias. Y cada semana podíamos esperar tener suerte. Esa esperanza era nuestra única alegría. Y así fue como llegamos a llamar a nuestras pequeñas fiestas «Alegría y Suerte».
El Club de la Buena Suerte

Amy Tan
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