
Una de las motivaciones más fuertes para releer es puramente egoísta: te ayuda a recordar cómo eras antes. Abre un viejo libro de bolsillo, salpicado de anotaciones al margen con una letra que ya no te sirve, y los recuerdos aflorarán con la misma fuerza que si abrieras tu viejo diario. Estos recuerdos-libro, dice Hazlitt, son «ganchos y ganchos de los que podemos colgar, o de los que podemos descolgar, a nuestro antojo, el guardarropa de una imaginación moral, las reliquias de nuestros mejores afectos, los símbolos y registros de nuestras horas más felices». O de las más infelices. Releer te obliga a pasar tiempo, a una distancia claustrofóbica, con tu yo del pasado, serio, ansioso, pretencioso y vergonzoso; una persona que creías haber dejado atrás, pero que resulta haber estado viviendo dentro de ti todo este tiempo.
Ex Libris: Confesiones de un lector común

Ana Fadiman
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