
Quienes tienen una religión deberían alegrarse, pues no todos tienen el don de creer en cosas celestiales. Ni siquiera es necesario temer el castigo después de la muerte; el purgatorio, el infierno y el cielo son cosas que muchos no pueden aceptar, pero aun así, una religión, sea cual sea, mantiene a la persona en el camino correcto. No se trata del temor a Dios, sino de defender el propio honor y la conciencia. ¡Qué nobles y buenos serían todos si, cada noche antes de dormir, recordaran los acontecimientos del día y consideraran con exactitud lo bueno y lo malo! Entonces, sin darse cuenta, uno intenta mejorar al comienzo de cada nuevo día; por supuesto, se logra mucho con el tiempo. Cualquiera puede hacerlo, no cuesta nada y sin duda es muy útil. Quien no lo sepa debe aprender y descubrir por experiencia que: «¡Una conciencia tranquila fortalece!»
El diario de una joven

Ana Frank
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