
Este, pues, se considera que es el deber del hombre rico: dar ejemplo de una vida modesta y sin ostentación, evitando la exhibición o la extravagancia; proveer con moderación para las necesidades legítimas de quienes dependen de él; y, después de hacerlo, considerar todos los ingresos excedentes que reciba simplemente como fondos fiduciarios, que está llamado a administrar y estrictamente obligado, como cuestión de deber, a administrar de la manera que, a su juicio, sea la más adecuada para producir los resultados más beneficiosos para la comunidad. De este modo, el hombre rico se convierte en mero fideicomisario y agente de sus hermanos más pobres, poniendo a su servicio su sabiduría, experiencia y capacidad de administración superiores, haciendo por ellos mejor de lo que ellos harían o podrían hacer por sí mismos.

Andrew Carnegie
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