
Ella duerme. Y ahora despierta cada día un poco menos. Y, cada día, toma menos y menos alimento, como si rehuyera el más mínimo momento de vigilia, pues, por el movimiento bajo sus párpados y los gestos soñolientos de sus manos y pies, parece como si sus sueños se volvieran más urgentes e intensos, como si la vida que vive en el mundo cerrado de los sueños estuviera a punto de poseerla por completo, como si sus pequeños y cada vez más reticentes despertares fueran una interpretación de alguna existencia más vital, por lo que se resiste a pasar incluso esos necesarios momentos de vigilia con nosotros, despertares extraños como sus sueños. Su maravilloso destino: un sueño más viviente que la vida, un sueño que consume el mundo. ‘Y, señor’, concluyó Fevvers, con una voz que ahora adquirió los tonos sombríos y majestuosos de un gran órgano, ‘creemos… que su sueño será el siglo venidero’. Y, oh, Dios… ¡con qué frecuencia llora!
Noches en el circo

Angela Carter
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