
Tal vez la felicidad no tenía que ver con las grandes y trascendentales circunstancias, con tener todo en orden en tu vida. Tal vez se trataba de acumular un montón de pequeños placeres. Usar pantuflas y ver el concurso de Miss Universo. Comer un brownie con helado de vainilla. Llegar al nivel siete en Dragon Master y saber que aún te quedaban veinte niveles más. Tal vez la felicidad era solo cuestión de esos pequeños altibajos —el semáforo que decía «Camina» en el momento en que llegabas— y de esos momentos incómodos —la etiqueta de picazón en la parte de atrás de tu cuello— que le sucedían a todo el mundo a lo largo del día. Tal vez todos tenían la misma cantidad de felicidad asignada cada día. Tal vez no importaba si eras un galán mundialmente famoso o un nerd insoportable. Tal vez no importaba si tu amigo posiblemente se estaba muriendo. Tal vez simplemente lo superabas. Tal vez eso era todo lo que podías pedir.
La hermandad de los pantalones viajeros

Ann Brashares
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