
Hacía tiempo que había logrado cierto grado de distanciamiento al ver fotografías de casos de homicidio. Ya no me perturbaban como antes, aunque me esforzaba por no obsesionarme con ellas. Para cuando estuve en la oficina de Shirley Lewis, había visto miles de fotos de cadáveres. Había visto fotos de Kathy Devine y Brenda Baker en el condado de Thurston, pero eso fue meses antes de que se supiera de la existencia de un tal «Ted». Por supuesto, no había cadáveres que fotografiar en los otros casos de Washington, y no había tenido acceso a las fotos de Colorado ni de Utah. Ahora, estaba mirando fijamente enormes fotografías a color del daño causado a niñas lo suficientemente jóvenes como para ser mis hijas; fotos de daños supuestamente obra de un hombre que creía conocer. Ese mismo hombre que minutos antes me había sonreído con la misma sonrisa de siempre y se había encogido de hombros como diciendo: «No tengo nada que ver con esto». Me invadió una terrible y repugnante oleada de náuseas. Corrí al baño y vomité.
El extraño a mi lado: Ted Bundy, la impactante historia desde dentro

Ann Rule
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