
Lo que pasa con los viejos amigos no es que te quieran, sino que te conocen. Recuerdan aquella desastrosa Nochevieja en la que mezclaste White Russians con champán, y cómo usaste ese vestido rojo de maternidad hasta que todos se cansaron de verlo en llamas en la oficina, y el sofá incómodo de tu primer apartamento y la estufa humeante de tu casa de playa alquilada. Te miran y no te ven mayor porque han envejecido contigo, y, como la pintura descolorida en una habitación querida, están acostumbrados a ese aspecto. Y entonces uno de ellos se va, y tú has perdido una parte de ti mismo. Las historias de los atentados terroristas de 2001, el tsunami, el terremoto de Japón siempre usaron números, las muertes de miles como medida de la magnitud del desastre. La catástrofe es numérica. La pérdida es singular, un ser querido a la vez.
Muchas velas, mucha tarta

Anna Quindlen
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