
El vino y las mujeres hacen que los hombres sabios se enamoren y abandonen la ley de Dios y hagan el mal. Sin embargo, la culpa no está en el vino, y a menudo tampoco en la mujer. La culpa está en quien abusa del vino, de la mujer o de cualquier otra creación de Dios. Incluso si te emborrachas con vino y por esta codicia caes en la lujuria, el vino no tiene la culpa, sino tú, por ser incapaz o no querer disciplinarte. E incluso si miras a una mujer y te dejas llevar por su belleza y accedes al pecado [= adulterio; sexo extramatrimonial], la mujer no tiene la culpa ni se debe menospreciar la belleza que Dios le dio: más bien, tú tienes la culpa por no mantener tu corazón más libre de malos pensamientos. Si te sientes tentado por la vista de una mujer, controla mejor tu mirada. Eres libre de dejarla. Nada te obliga a cometer lujuria excepto tu propio corazón lujurioso.
Barbacoas y mendigos

Anónimo
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