
Miré a mi alrededor. Puntos luminosos brillaban en la oscuridad. El humo de los cigarrillos interrumpía las humildes meditaciones de viejos oficinistas. Los oí hablar entre sí en murmullos y susurros. Hablaban de enfermedades, dinero, preocupaciones domésticas insignificantes. Y de repente tuve una visión del rostro del destino. Viejo burócrata, camarada, no tienes la culpa. Nadie te ayudó a escapar. Tú, como una termita, construiste tu paz tapando con cemento cada grieta por donde pudiera penetrar la luz. Te acurrucaste en tu refinada seguridad, en la rutina, en las asfixiantes convenciones de la vida provinciana, levantando una modesta muralla contra los vientos, las mareas y las estrellas. Has optado por no perturbarte por los grandes problemas, teniendo ya suficientes preocupaciones como para olvidar tu propio destino como hombre. No eres habitante de un planeta errante y no te haces preguntas para las que no hay respuesta. Nadie te agarró del hombro mientras aún había tiempo. Ahora la arcilla de la que fuiste formado se ha secado y endurecido, y nada en ti podrá despertar jamás al músico dormido, al poeta, al astrónomo que posiblemente te habitaron en un principio.
Viento, arena y estrellas

Antoine de Saint-Exupéry
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