
Cuando abrí los ojos, no vi más que la inmensidad del cielo nocturno, pues yacía boca arriba con los brazos extendidos, frente a frente con aquel criadero de estrellas. Apenas medio despierto, aún sin darme cuenta de que esas profundidades eran el cielo, sin techo entre esas profundidades y yo, sin ramas que las protegieran, sin raíz a la que aferrarme, me invadió el vértigo y me sentí como si me lanzaran hacia adelante y me precipitara hacia abajo como un buceador. Pero no caí. De la nuca a los talones me encontré atado a la tierra. Sentí una especie de apaciguamiento al entregarle mi peso. La gravedad se había vuelto tan soberana como el amor. Sentí que la tierra sostenía mi espalda, me mantenía, me elevaba, me transportaba a través del inmenso vacío de la noche.
Viento, arena y estrellas

Antoine de Saint-Exupéry
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