
También encontramos la física, en el sentido más amplio de la palabra, que se ocupa de la explicación de los fenómenos del mundo; pero reside en la naturaleza misma de las explicaciones que estas no pueden ser suficientes. La física es incapaz de sostenerse por sí misma, sino que necesita una metafísica sobre la que apoyarse, por más elevadas que sean las pretensiones que pueda tener respecto a esta última. Pues explica los fenómenos mediante algo aún más desconocido que ellos mismos, a saber, mediante leyes de la naturaleza que se basan en fuerzas de la naturaleza, una de las cuales es también la fuerza vital. Ciertamente, el estado actual de todas las cosas en el mundo o en la naturaleza debe necesariamente ser susceptible de explicación a partir de causas puramente físicas. Pero tal explicación —suponiendo que se lograra darla— debe estar necesariamente lastrada por dos imperfecciones esenciales (como dos puntos débiles, o como Aquiles con su talón vulnerable, o el diablo con su pie hendido). Debido a estas imperfecciones, todo lo así explicado seguiría, en realidad, sin explicación. La primera imperfección reside en que el *inicio* de la cadena de causas y efectos que lo explica todo, es decir, de los cambios continuos e interconectados, *nunca* se alcanza, sino que, al igual que los límites del mundo en el espacio y el tiempo, se aleja incesantemente y *hasta el infinito*. La segunda imperfección radica en que todas las causas eficientes que explican todo se basan siempre en algo totalmente inexplicable, es decir, en las *cualidades* originales de las cosas y las *fuerzas naturales* que se manifiestan en ellas. En virtud de dichas fuerzas, producen un efecto definido, por ejemplo, peso, dureza, impacto, elasticidad, calor, electricidad, fuerzas químicas, etc., y tales fuerzas permanecen en toda explicación dada como una incógnita, imposible de eliminar en una ecuación algebraica que, por lo demás, está perfectamente resuelta. En consecuencia, no existe ni un solo fragmento de arcilla, por insignificante que sea su valor, que no esté compuesto enteramente de cualidades inexplicables. Por lo tanto, estos dos defectos inevitables en toda explicación puramente física, es decir, causal, indican que dicha explicación solo puede ser *relativamente* verdadera, y que su método y naturaleza no pueden ser los únicos, los últimos y, por ende, los suficientes; en otras palabras, no pueden ser el método que jamás conduzca a la solución satisfactoria de los difíciles enigmas de las cosas, ni a la verdadera comprensión del mundo y de la existencia. La explicación *física*, en general y como tal, requiere una explicación *metafísica*, que proporcionaría la clave de todos sus supuestos, pero que, precisamente por ello, tendría que seguir un camino completamente diferente. El primer paso para ello es que tomemos conciencia de la distinción entre ambas y la mantengamos firmemente, es decir, la diferencia entre *física* y *metafísica*. En general, esta diferencia se basa en la distinción kantiana entre *fenómeno* y *cosa en sí*. El hecho de que Kant declarara que la cosa en sí era absolutamente incognoscible no significaba, según él, que existiera metafísica alguna, sino simplemente conocimiento inmanente, es decir, mera física, que solo puede hablar de fenómenos, y, junto con esto, una crítica de la razón que aspira a la metafísica. —De El mundo como voluntad y representación. Traducido del alemán por EFJ Payne. En dos volúmenes, volumen II, págs. 172-173.

Arthur Schopenhauer
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