
Cuando leemos, otra persona piensa por nosotros: simplemente repetimos su proceso mental. Al aprender a escribir, el alumno repasa con pluma lo que el maestro ha esbozado con lápiz; lo mismo ocurre al leer: la mayor parte del trabajo mental ya está hecho. Por eso nos alivia retomar un libro después de haber estado absortos en nuestros propios pensamientos. Y al leer, la mente es, en realidad, solo el campo de juego de los pensamientos de otro. Así sucede que si alguien pasa casi todo el día leyendo y, a modo de relajación, dedica los ratos libres a algún pasatiempo sin sentido, va perdiendo gradualmente la capacidad de pensar; igual que el hombre que siempre monta a caballo, al final olvida cómo caminar. Esto les ocurre a muchas personas cultas: se han vuelto atontadas por la lectura.
Ensayos y aforismos

Arthur Schopenhauer
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