
Si el héroe muere aplastado por una excavadora en el Acto II sin tener culpa alguna, no nos impresiona. Aunque la vida suele ser así —el cajero fugitivo que se dirige a Nicaragua muere en un accidente en el aeropuerto, el estadista prominente fallece de un derrame cerebral en medio de las negociaciones que ha tardado años en concretar, los jóvenes amantes se ahogan en un accidente náutico el día antes de su boda—, tales sucesos, la trama y la urdimbre de la vida cotidiana, parecen irrelevantes, sin sentido. Son fragmentos crudos, sin digerir, sin purificar de la realidad; parafraseando al difunto J. Edgar Hoover, son «archivos en bruto». Pero la función del gran arte es purificar y dar sentido al sufrimiento humano, por lo que esperamos que si el héroe muere aplastado por una excavadora en el Acto II, haya alguna razón para ello, y no solo una razón cualquiera, sino una buena, una que tenga sentido en función de la personalidad y las acciones del héroe. De hecho, esperamos que se nos muestre que, de alguna manera, es responsable de lo que le sucede.
El ciclo de Edipo: Edipo Rey/Edipo en Colono/Antígona

Bernard Knox
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