
Estar enfermo de niño o durante la adolescencia es un interludio mágico. El mundo exterior, el mundo del tiempo libre en el patio, el jardín o la calle, es solo un murmullo lejano en la habitación del enfermo. Dentro, todo un mundo de personajes e historias prolifera a partir de los libros que lees. La fiebre que debilita tu percepción a la vez que agudiza tu imaginación transforma la habitación en algo nuevo, familiar y extraño a la vez; monstruos sonrientes emergen de los dibujos de las cortinas y la alfombra, y sillas, mesas, estanterías y armarios estallan, convirtiéndose en montañas, edificios y barcos que casi puedes tocar aunque estén lejos. Durante las largas horas de la noche, te acompaña el reloj de la iglesia y el estruendo de algún coche que pasa ocasionalmente, cuyas luces iluminan las paredes y los techos. Son horas sin dormir, lo que no significa que sean de insomnio, porque, al contrario, no se trata de carencia, sino de plenitud y riqueza. Los deseos, los recuerdos, los miedos, las pasiones forman laberintos en los que nos perdemos, nos encontramos y volvemos a perdernos. Son momentos en los que todo es posible, para bien o para mal.
El lector

Bernhard Schlink
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras