
Cuando Van Gogh era un joven de veintitantos años, estudiaba en Londres para ser clérigo. Ni siquiera pensaba en ser artista. Sentado en su humilde habitación, escribía una carta a su hermano menor en Holanda, a quien quería muchísimo. Miraba por la ventana un crepúsculo tenue, una farola delgada, una estrella, y en su carta decía algo así como: «Es tan hermoso que debo mostrarte cómo se ve». Y entonces, en su papel rayado barato, hizo un pequeño y tierno dibujo de la misma. Cuando leí esta carta de Van Gogh, me reconfortó mucho y me pareció arrojar luz sobre todo el camino del arte. Antes, pensaba que para producir una obra de pintura o literatura, uno fruncía el ceño, pensaba larga y profundamente, sopesaba todo solemnemente, aprendía todo lo que los artistas habían hecho antes, cuáles eran sus influencias y escuelas, y era extremadamente cuidadoso con el *diseño* y el *equilibrio*, y con la incorporación de *planos interesantes* en la pintura, y evitaba, con la más austera severidad, mostrar la más mínima tendencia *académica*, y era estrictamente moderno. Y así sucesivamente. Pero en el momento en que leí la carta de Van Gogh, supe qué era el arte y el impulso creativo. Es un sentimiento de amor y entusiasmo por algo, y de una manera directa, sencilla, apasionada y verdadera, uno intenta mostrar esa belleza en las cosas a los demás, dibujándolas. Y el pequeño dibujo de Van Gogh en el papel barato era una obra de arte porque amaba el cielo y la frágil farola que se recortaba contra él con tanta intensidad que hizo el dibujo con la más exquisita concienzudez y cuidado.
Si quieres escribir: Un libro sobre arte, independencia y espíritu

Brenda Ueland
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