
El tiempo puede jugarnos todo tipo de malas pasadas. En un abrir y cerrar de ojos, aparecen bebés en cochecitos, los ataúdes desaparecen bajo tierra, se ganan y se pierden guerras, y los niños se transforman, como mariposas, en adultos. Eso fue lo que me pasó a mí. Érase una vez, fui un niño llamado Hugo Cabret, y creía desesperadamente que un autómata averiado me salvaría la vida. Ahora que mi capullo se ha desvanecido y he emergido como un mago llamado Profesor Alcofrisbas, puedo mirar atrás y ver que tenía razón. El autómata que descubrió mi padre sí me salvó. Pero ahora he construido un nuevo autómata. Dediqué incontables horas a diseñarlo. Fabriqué cada engranaje yo mismo, corté cuidadosamente cada disco de latón y creé cada pieza de la maquinaria con mis propias manos. Cuando le das cuerda, puede hacer algo que estoy seguro de que ningún otro autómata en el mundo puede hacer. Puede contarte la increíble historia de Georges Méliès, su esposa, su ahijada y un querido relojero cuyo hijo creció para ser mago. La compleja maquinaria dentro de mi autómata puede producir ciento cincuenta y ocho imágenes diferentes, y puede escribir, letra por letra, un libro entero, veintiséis mil ciento cincuenta y nueve palabras. Estas palabras. FIN
La invención de Hugo Cabret

Brian Selznick
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