
Del análisis de Schopenhauer se desprende que toda obra de arte genuina debe tener su origen en la percepción directa; es decir, no se origina en conceptos, y los conceptos no son lo que comunica. Esto es lo que, más que ninguna otra cosa, diferencia el buen arte del malo, o, más precisamente, el arte auténtico del inauténtico. Este último suele originarse en el deseo del artista de satisfacer alguna demanda externa a sí mismo —ganar aprobación, por ejemplo, estar a la moda o abastecer un mercado— o bien transmitir algún tipo de mensaje. Dicho artista comienza por intentar deducir qué sería una buena idea hacer; en otras palabras, el punto de partida del proceso para él es algo que existe en términos de conceptos. El resultado inevitable es un arte muerto, sea del tipo que sea, ya sea imitativo, académico, comercial, didáctico o que siga las modas. Puede tener éxito en su época porque satisface las demandas de su tiempo, pero una vez que ese tiempo pasa, carece de vida propia con la que perdurar.
La filosofía de Schopenhauer

Bryan Magee
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