
Dios, que nada necesita, crea con amor criaturas totalmente superfluas para poder amarlas y perfeccionarlas. Crea el universo, previendo ya —¿o deberíamos decir «viendo»? —no hay tiempos verbales en Dios— la nube zumbante de moscas alrededor de la cruz, la espalda desollada presionada contra el poste irregular, los clavos atravesando los nervios mesiales, la asfixia incipiente y repetida mientras el cuerpo se desploma, la tortura repetida de la espalda y los brazos al ser, una y otra vez, enderezado para poder respirar. Si me permiten la metáfora biológica, Dios es un «huésped» que crea deliberadamente a sus propios parásitos; nos hace existir para que podamos explotarlo y «aprovecharnos» de él. En esto reside el amor. Este es el diagrama del Amor mismo, el inventor de todos los amores.
Los cuatro amores

C.S. Lewis
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