
Mi argumento contra Dios era que el universo parecía cruel e injusto. Pero ¿cómo había llegado a esta idea de lo justo y lo injusto? Nadie llama torcida a una línea a menos que tenga alguna idea de lo que es una línea recta. ¿Con qué comparaba este universo cuando lo tildaba de injusto? Si todo era malo y absurdo de principio a fin, por así decirlo, ¿por qué yo, que se suponía que formaba parte de él, reaccionaba con tanta vehemencia?… Claro que podría haber renunciado a mi idea de justicia diciendo que no era más que una idea personal. Pero si lo hacía, mi argumento contra Dios también se derrumbaba, pues dependía de afirmar que el mundo era realmente injusto, no simplemente que no se ajustaba a mis caprichos. Así, en el mismo acto de intentar demostrar que Dios no existía —es decir, que toda la realidad era absurda— me vi obligado a asumir que una parte de la realidad —a saber, mi idea de justicia— tenía sentido. Si el universo entero careciera de sentido, jamás lo habríamos descubierto: del mismo modo que, si no hubiera luz en el universo y, por lo tanto, no hubiera criaturas con ojos, jamás habríamos sabido que está oscuro. La oscuridad carecería de sentido.

C.S. Lewis
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