
Su ideal es un hombre que, tras haber trabajado todo el día por el bien de la posteridad (si esa es su vocación), se libera de todo aquello, encomienda el resultado al Cielo y regresa de inmediato a la paciencia o la gratitud que exige el momento presente. Pero nosotros queremos un hombre atormentado por el Futuro, obsesionado por visiones de un cielo o un infierno inminente en la tierra, dispuesto a desobedecer las órdenes del Enemigo en el presente si al hacerlo le hacemos creer que puede alcanzar uno u otro, cuya fe depende del éxito o el fracaso de planes cuyo fin no llegará a ver. Queremos una raza entera perpetuamente en busca del fin del arcoíris, nunca honesta, ni bondadosa, ni feliz ahora, sino que siempre utiliza como mero combustible para amontonar en el altar del futuro todo don real que se le ofrece en el Presente.
Las cartas del diablo a su sobrino

C.S. Lewis
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