
Era un hombre de fe. Creía en sus amigos, en la verdad de las cosas y en algo a lo que no se atrevía a poner nombre ni rostro, pues decía que, como sacerdotes, esa era nuestra labor. El señor Sempere creía que todos formamos parte de algo, y que al dejar este mundo nuestros recuerdos y deseos no se pierden, sino que se convierten en los recuerdos y deseos de quienes nos suceden. Desconocía si habíamos creado a Dios a nuestra imagen o semejanza, o si Dios nos había creado sin saber lo que hacía. Creía que Dios, o lo que sea que nos trajo aquí, vive en cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras palabras, y se manifiesta en todo aquello que nos muestra como algo más que simples figuras de barro. El señor Sempere creía que Dios vive, en mayor o menor medida, en los libros, y por eso dedicó su vida a compartirlos, a protegerlos y a asegurarse de que sus páginas, al igual que nuestros recuerdos y deseos, jamás se pierdan. Él creía, y me hizo creerlo también, que mientras quede una sola persona en el mundo capaz de leerlas y experimentarlas, un pequeño pedazo de Dios, o de vida, permanecerá” (p. 348).
El juego del ángel

Carlos Ruiz Zafón
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