
La cama en la que amábamos era un mundo giratorio de bosques, castillos, luz de antorchas, acantilados, mares donde buceábamos en busca de perlas. Las palabras de mi amante eran estrellas fugaces que caían a la tierra como besos en mis labios; mi cuerpo ahora una rima más suave a la suya, ahora un eco, una asonancia; su tacto un verbo danzando en el centro de un sustantivo. Algunas noches, soñaba que me había escrito, la cama una página bajo sus manos de escritor. Romance y drama jugados por el tacto, por el aroma, por el gusto. En la otra cama, la mejor, nuestros invitados dormitaban, babeando su prosa. Mi amor vivo y risueño, lo guardo en el cofre de mi cabeza de viuda como él me sostuvo en esa segunda mejor cama.
La esposa del mundo

Carol Ann Duffy
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