
En este mundo, desgarrado por agonías y disensiones, necesitamos una guía para nuestras almas que nunca nos abandone; una que, sin esclavizarnos ni limitar nuestra visión, penetre en cada detalle de nuestra vida. Todos anhelamos una regla interior de este tipo, una regla universal tan grande como la inconmensurable ley del amor, y a la vez tan pequeña como la estrechez de nuestra rutina diaria. Debe ser tan auténticamente parte de todos nosotros que nos haga uno, y a la vez, para cada uno, el secreto de su propia vida con Dios. A esta necesidad, la imitación de la Virgen María es la respuesta; al contemplarla, encontramos intimidad con Dios, la ley que es el dulce yugo del único amor irresistible.
La caña de Dios

Caryll Houselander
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