
Pero el sueño no llegaba. Podía oír el suave piano de Jace a través de las paredes, pero eso no era lo que la mantenía despierta. Pensaba en Simon, que se marchaba a una casa que ya no sentía como su hogar, en la desesperación en la voz de Jace cuando dijo «Quiero odiarte», y en Magnus, que no le contaba la verdad a Jace: que Alec no quería que Jace supiera de su relación porque aún estaba enamorado de él. Pensó en la satisfacción que le habría dado a Magnus decir esas palabras en voz alta, reconocer la verdad, y en el hecho de que no las hubiera dicho, que hubiera dejado que Alec siguiera mintiendo y fingiendo, porque eso era lo que Alec quería, y Magnus se preocupaba lo suficiente por Alec como para dárselo. Quizás era cierto lo que había dicho la Reina Seelie, después de todo: El amor te convierte en un mentiroso.
Ciudad de cenizas

Cassandra Clare
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