
¡Fuera de mis pensamientos! Eres parte de mi existencia, parte de mí mismo. Has estado en cada línea que he leído desde que llegué aquí, aquel muchacho humilde y sencillo cuyo pobre corazón heriste incluso entonces. Has estado en cada paisaje que he contemplado desde entonces: en el río, en las velas de los barcos, en las marismas, en las nubes, en la luz, en la oscuridad, en el viento, en el bosque, en el mar, en las calles. Has sido la encarnación de cada fantasía hermosa que mi mente ha conocido. Las piedras con las que están hechos los edificios más sólidos de Londres no son más reales, ni más imposibles de desplazar con tus manos, de lo que tu presencia e influencia han sido para mí, allí y en todas partes, y lo serán. Estella, hasta el último momento de mi vida, no puedes evitar seguir siendo parte de mi carácter, parte de lo poco bueno que hay en mí, parte del mal. Pero, en esta separación, te asocio solo con el bien, y siempre te lo recordaré fielmente, pues sin duda me has hecho mucho más bien que mal; permíteme sentir ahora la profunda aflicción que pueda sentir. ¡Oh, Dios te bendiga, Dios te perdone!
Grandes esperanzas

Charles Dickens
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