
Busqué su mirada, deseoso de leer en ella la inteligencia que no podía discernir en su rostro ni oír en su conversación; era alegre, más bien discreta; por turnos veía vivacidad, vanidad, coquetería asomando en su iris, pero en vano busqué un atisbo de alma. No soy oriental; cuellos blancos, labios y mejillas carmesí, mechones de rizos brillantes, no me bastan sin esa chispa prometeica que perdurará después de que las rosas y los lirios se marchiten, y el cabello bruñido se vuelva gris. Bajo el sol, en la prosperidad, las flores están muy bien; pero cuántos días lluviosos hay en la vida, temporadas de desastre en noviembre, cuando el hogar de un hombre estaría realmente frío, sin el brillo claro y reconfortante del intelecto.
El profesor

Charlotte Brontë
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