
En aquel entonces, recuerdo bien todo aquello que podía excitarme; ciertos fenómenos meteorológicos, por ejemplo, casi me aterrorizaban, porque despertaban al ser que siempre estaba adormeciendo y avivaban un anhelo que no podía saciar. Una noche estalló una tormenta eléctrica; una especie de huracán nos sacudió en nuestras camas: los católicos se levantaron presas del pánico y rezaron a sus santos. En cuanto a mí, la tempestad me atrapó con tiranía: me despertaron bruscamente y me obligaron a vivir. Me levanté, me vestí y, arrastrándome fuera del sótano, junto a mi cama, me senté en su cornisa, con los pies sobre el tejado de un edificio contiguo más bajo. Estaba húmedo, era salvaje, estaba completamente oscuro. Dentro del dormitorio, se reunieron alrededor de la lámpara de noche consternados, rezando en voz alta. No pude entrar: era demasiado irresistible el placer de permanecer con la hora salvaje, negra y llena de truenos, que resonaba como una oda jamás entregada al hombre por el lenguaje; demasiado terriblemente glorioso, el espectáculo de las nubes, partidas y atravesadas por rayos blancos y cegadores.

Charlotte Brontë
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras