
Adónde fue mi alma durante aquel desmayo, no lo sé. Lo que sea que viera, o adondequiera que viajara en su trance aquella extraña noche, lo guardó en secreto; jamás susurró una palabra a la Memoria, y desconcertó la imaginación con un silencio indisoluble. Quizás ascendió y vislumbró su hogar eterno, esperando permiso para descansar, y creyendo que su dolorosa unión con la materia se había disuelto por fin. Mientras pensaba así, un ángel pudo haberla alejado del umbral del cielo, y, guiándola entre llantos hacia abajo, la ató, una vez más, temblorosa y renuente, a aquel pobre cuerpo, frío y consumido, de cuya compañía estaba más que harta. Sé que volvió a entrar en su prisión con dolor, con reticencia, con un gemido y un largo escalofrío. Los compañeros divorciados, Espíritu y Sustancia, fueron difíciles de reunir: se saludaron, no con un abrazo, sino con una especie de lucha desgarradora.

Charlotte Brontë
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