
Era deslumbrante por su belleza y su espíritu humano, pensó, incapaz de hablar mientras la contemplaba. La suya era de esas bellezas que no se desvanecen ni se marchitan con el tiempo, sino que florecen, se vuelven más radiantes con la vida y sus experiencias. La suya era una belleza que ninguna otra poseía. Una belleza que anhelaba conservar, esconder, deleitarse en ella, a solas. Se había convertido en suya. No sabía cuándo, si había sido en el instante en que sus dedos lo rozaron cuando estaba herido, o si había crecido, como una semilla, extendiéndose lentamente hasta que Jane se convirtió en la raíz que anclaba los pedazos rotos de su corazón, uniéndolos con fuerza hasta que se asemejara al órgano que debía ser.
Pecaminoso

Charlotte Featherstone
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