
El deseo me abrumó una vez que ella se fue. Pero no era un deseo por Homero. Tenía que volver a la biblioteca. Ya podía oler el aroma almizclado de los libros y en mi mente hojeaba páginas con tantas texturas diferentes como un bosque; páginas quebradizas y frágiles que había que empujar para que se abrieran; páginas suaves y perfumadas, que presentaban sus palabras como si fueran un regalo en la palma de una mano, y páginas que se abrían pesadamente por sí solas como si estuvieran lastradas por la importancia de su mensaje. Pero más que nada, me impulsaba su misterio, todas las historias que aún tenían que contarme. ‘Tengo que ir a la biblioteca, Homero. Tengo que estar con los libros.

Christine Aziz
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