
Esto es lo que se obtiene al fundar un sistema político sobre los valores familiares de Enrique VIII. En un futuro no muy lejano, el robusto corazón de la reina Isabel II dejará de latir. En ese preciso instante, su primogénito se convertirá en jefe de Estado, jefe de las fuerzas armadas y jefe de la Iglesia de Inglaterra. En términos estrictamente constitucionales, esto no debería tener mayor importancia. La monarquía inglesa, como se ha dicho, reina, pero no gobierna. Desde el punto de vista estético, sí que importará un poco, porque la perspectiva de un hombre taciturno, con orejas de murciélago y mentón caído, envejecido prematuramente y con un gusto pésimo para elegir consortes reales, resulta francamente desalentadora.

Christopher Hitchens
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