
Me besó con pasión, abrumándome como una ola gigante que se precipita hacia la orilla. Pronto me perdí en el turbulento abrazo, y sin embargo… sabía que estaba a salvo. Su beso salvaje me impulsaba, me empujaba, me hacía preguntas que no estaba dispuesta a considerar. Pero este oscuro Poseidón me amaba, y aunque tenía el poder de aplastarme por completo, de ahogarme en las profundidades púrpuras de su estela, me sostenía en alto, separada. Su beso apasionado cambió. Se volvió suave, reconfortante y suplicante. Juntos nos dirigimos hacia un puerto seguro. El dios del mar me depositó con seguridad en una playa de arena y me sostuvo mientras temblaba. Un cosquilleo efervescente recorrió mis extremidades, deleitándome con oleadas de sensaciones chispeantes, como si mis dedos de los pies, cubiertos de arena, fueran cosquilleados por olas burbujeantes. Finalmente, las olas se alejaron y sentí a mi Poseidón observándome desde la distancia. Nos miramos, sabiendo que la experiencia nos había cambiado para siempre. Ambos sabíamos que yo siempre pertenecería al mar y que jamás podría separarme de él y volver a sentirme completa.

Colleen Houck
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