
Esa noche nuestro padre vino a dormir a nuestra casa. Llevaba una pequeña maleta con un traje de luto negro y un par de zapatos lustrados. Corrigan lo detuvo cuando subía las escaleras. —¿Adónde crees que vas? —Nuestro padre se aferró a la barandilla. Tenía las manos manchadas de la edad y pude verlo temblar durante su pausa. —Esa no es tu habitación —dijo Corrigan con tristeza. Nuestro padre se tambaleó en las escaleras. Subió otro escalón. —No lo hagas —dijo mi hermano. Su voz era clara, plena, segura. Nuestro padre se quedó atónito. Subió un escalón más y luego se giró, bajó, miró a su alrededor, perdido. —Mis propios hijos —dijo. Le hicimos una cama en un sofá del salón, pero incluso entonces Corrigan se negó a quedarse bajo el mismo techo; se fue caminando hacia el centro de la ciudad y me pregunté en qué callejón podría aparecer más tarde esa noche, con qué puño podría toparse, en qué botella podría meterse.
Deja que el gran mundo gire

Colum McCann
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