
Londres, diciembre de 1915. En el dormitorio principal (nunca un epíteto inmobiliario fue más apropiado) del apartamento 21 de Carlyle Mansions, Cheyne Walk, Chelsea, el distinguido autor está muriendo, lenta pero inexorablemente. En Flandes, a menos de trescientos kilómetros de distancia, otros hombres mueren más rápido, más dolorosamente, más lamentablemente; jóvenes, en su mayoría, con toda la vida por delante, páginas en blanco que jamás se llenarán. El autor tiene setenta y dos años. Ha tenido una vida interesante y variada, ha escrito muchos libros, ha viajado mucho, ha disfrutado de las artes, se ha movido en la alta sociedad (un invierno cenó fuera 107 veces) y posee una encantadora casa antigua en Rye, además del alquiler de este espacioso apartamento londinense con sus magníficas vistas al Támesis. Ha cultivado amistades profundamente enriquecedoras con hombres y mujeres. Si nunca ha tenido relaciones sexuales, fue por decisión propia, a diferencia de muchos jóvenes en Flandes que murieron vírgenes, ya sea por falta de oportunidad o porque esperaban casarse y se mantenían castos por principio.
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David Lodge
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