
Pero Robin: su querido pequeño Robs. Más de diez años después, su muerte seguía siendo una agonía; no había forma de suavizar ningún detalle; su horror no se podía reparar ni modificar con ninguno de los recursos narrativos que los Cleves conocían. Y, puesto que esta amnesia voluntaria había impedido que la muerte de Robin se tradujera a ese dulce y antiguo lenguaje familiar que suavizaba incluso los misterios más amargos hasta convertirlos en una forma cómoda y comprensible, el recuerdo de los sucesos de aquel día tenía una cualidad caótica y fragmentada, brillantes fragmentos de pesadilla que resplandecían con el olor de la glicina, el crujido de un tendedero, un cierto tono tormentoso de luz primaveral.
El pequeño amigo

Donna Tartt
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