Doug Wilhelm

El ritmo. Sí. Saber que podías entrar a la cancha y hacer que sucediera. Practicabas, claro. Pero luego, cuando salías, simplemente podías hacerlo. Podías fluir, eso era: creabas y no sabías del todo cómo. Simplemente sabías que podías, así que lo hacías. No era pensar ni imitar los movimientos de nadie más, aunque siempre observabas con atención cuando veías jugar a los buenos jugadores. Pero cuando jugabas… era algo que no podías explicar. Neal solía saberlo. No venía de pensarlo.
– Doug Wilhelm –


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El ritmo. Sí. Saber que podías entrar a la cancha y hacer que sucediera. Practicabas, claro. Pero luego, cuando salías, simplemente podías hacerlo. Podías fluir, eso era: creabas y no sabías del todo cómo. Simplemente sabías que podías, así que lo hacías. No era pensar ni imitar los movimientos de nadie más, aunque siempre observabas con atención cuando veías jugar a los buenos jugadores. Pero cuando jugabas… era algo que no podías explicar. Neal solía saberlo. No venía de pensarlo.

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Doug Wilhelm


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