
Cuando me encuentro frente a un «creyente», me resulta fácil contrastar las opiniones del escéptico con las del racionalista. Simplemente meto la mano en mi bolsillo y saco mis monedas. Sosteniendo una moneda de veinticinco centavos en alto, digo: «Esta es una moneda extraordinaria, pues pesa más que todos los pecados de la humanidad cometidos desde el principio de la raza humana». Luego levanto una moneda de cinco centavos y digo: «Esta moneda es aún más asombrosa, pues brilla más que las llamas que emanaron de la Zarza Ardiente descubierta en el Monte Sinaí por Moisés». Después levanto una moneda de un centavo y afirmo: «Este retrato del presidente Lincoln es más realista y fiel a la vida que cualquier retrato de Satanás jamás pintado». Y finalmente, sostengo una moneda de diez centavos brillante y reluciente y digo: «Y esta moneda de diez centavos es la más asombrosa de todas porque pesa más y contiene más metales preciosos que todos los lingotes de oro en las calles del Cielo». Termino diciendo: «Dad al César lo que es suyo, y apreciad el resto, pues es todo lo que veis y tocáis, y el dios cristiano puede cuidar de todas sus cosas, pues valen menos que estos 41 centavos que sostengo aquí en mi bolsillo». mano.

E. Haldeman-Julio
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