Eduardo Galeano

El estadio ¿Alguna vez has entrado a un estadio vacío? Inténtalo. Párate en el centro del campo y escucha. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos silencioso que las gradas sin espectadores. En Wembley, los gritos del Mundial de 1966, que ganó Inglaterra, aún resuenan, y si escuchas con mucha atención puedes oír los gemidos de 1953, cuando Inglaterra cayó ante los húngaros. El Estadio Centenario de Montevideo suspira con nostalgia por los días de gloria del fútbol uruguayo. Maracaná todavía llora por la derrota de Brasil en el Mundial de 1950. En la Bombonera de Buenos Aires, los tambores resuenan desde hace medio siglo. Desde las profundidades del Estadio Azteca, puedes oír los cánticos ceremoniales del antiguo juego de pelota mexicano. Las gradas de hormigón del Camp Nou de Barcelona hablan catalán, y las gradas de San Mamés de Bilbao hablan euskera. En Milán, los fantasmas de Giuseppe Meazza marcan goles que hacen temblar el estadio que lleva su nombre. La final del Mundial de 1974, ganada por Alemania, se juega día tras día y noche tras noche en el Estadio Olímpico de Múnich. El Estadio Rey Fahd en Arabia Saudí tiene palcos de mármol y oro y gradas alfombradas, pero no tiene memoria ni mucho que contar.
– Eduardo Galeano –


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El estadio ¿Alguna vez has entrado a un estadio vacío? Inténtalo. Párate en el centro del campo y escucha. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos silencioso que las gradas sin espectadores. En Wembley, los gritos del Mundial de 1966, que ganó Inglaterra, aún resuenan, y si escuchas con mucha atención puedes oír los gemidos de 1953, cuando Inglaterra cayó ante los húngaros. El Estadio Centenario de Montevideo suspira con nostalgia por los días de gloria del fútbol uruguayo. Maracaná todavía llora por la derrota de Brasil en el Mundial de 1950. En la Bombonera de Buenos Aires, los tambores resuenan desde hace medio siglo. Desde las profundidades del Estadio Azteca, puedes oír los cánticos ceremoniales del antiguo juego de pelota mexicano. Las gradas de hormigón del Camp Nou de Barcelona hablan catalán, y las gradas de San Mamés de Bilbao hablan euskera. En Milán, los fantasmas de Giuseppe Meazza marcan goles que hacen temblar el estadio que lleva su nombre. La final del Mundial de 1974, ganada por Alemania, se juega día tras día y noche tras noche en el Estadio Olímpico de Múnich. El Estadio Rey Fahd en Arabia Saudí tiene palcos de mármol y oro y gradas alfombradas, pero no tiene memoria ni mucho que contar.

Fútbol bajo el sol y la sombra


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Eduardo Galeano


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