
Mientras me centro en la alegría constante, recuerdo una idea sencilla que mi amiga Darcey me compartió una vez: que todo el dolor y los problemas del mundo son causados por personas infelices. No solo en el contexto global de Hitler y Stalin, sino también en el plano personal. Incluso en mi propia vida, puedo ver con claridad cómo mis episodios de infelicidad han provocado sufrimiento, angustia o, al menos, inconvenientes a quienes me rodean. La búsqueda de la satisfacción no es, por lo tanto, un mero acto de autopreservación y beneficio, sino también un generoso regalo para el mundo. Al liberarte de tu miseria, dejas de ser un obstáculo, no solo para ti, sino para los demás. Solo entonces eres libre de servir y disfrutar de la compañía de otras personas.
Comer, rezar, amar

Elizabeth Gilbert
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