
Odio a los sabios porque son perezosos, cobardes y prudentes. A la ecuanimidad de los filósofos, que los vuelve indiferentes tanto al placer como al dolor, prefiero las pasiones devoradoras. El sabio no conoce la tragedia de la pasión, ni el miedo a la muerte, ni el riesgo ni el entusiasmo, ni el heroísmo bárbaro, grotesco o sublime. Habla en proverbios y da consejos. No vive, no siente, no desea, no espera nada. Minimiza todas las incongruencias de la vida y luego sufre las consecuencias. Mucho más complejo es el hombre que sufre de ansiedad ilimitada. La vida del sabio es vacía y estéril, pues está libre de contradicciones y desesperación. Una existencia llena de contradicciones irreconciliables es mucho más rica y creativa. La resignación del sabio surge del vacío interior, no del fuego interior. Prefiero morir de fuego que de vacío.
En las alturas de la desesperación

Emil M. Cioran
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