
Se me ocurre que ella no es única; todas las mujeres comparamos nuestras vidas. Sabemos quién tiene un marido que trabaja más, quién ayuda más en casa, quién gana más dinero, quién tiene más relaciones sexuales. Comparamos a nuestros hijos, fijándonos en quién duerme toda la noche, come verduras, se porta bien, entra en los colegios adecuados. Sabemos quién tiene la mejor casa, organiza las mejores fiestas, cocina las mejores comidas, juega mejor al tenis. Sabemos quién de nosotras es la más inteligente, tiene menos arrugas alrededor de los ojos, tiene la mejor figura, ya sea natural o artificial. Sabemos quién trabaja a tiempo completo, quién se queda en casa con los niños, quién se las arregla para hacerlo todo y que parezca fácil, quién hace la compra y come mientras la niñera se encarga de todo. Lo asimilamos todo y luego lo comentamos con nuestras amigas. Comparar y luego desahogarnos; es lo que hacemos las mujeres. La diferencia, creo, reside en el porqué lo hacemos. ¿Lo hacemos para evaluar nuestra propia vida y asegurarnos de que estamos dentro de lo normal? ¿O acaso estamos siendo competitivos, disfrutando de las deficiencias de los demás para poder ganar, aunque sea por incomparecencia?
El meollo del asunto

Emily Giffin
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