
Mi madre creía que uno forja su propia suerte. Sobre la estufa había colgado unas viejas letras pintadas de color granate que formaban la palabra «MANIFESTAR». La idea era que si pensabas y soñabas con la vida que querías, si la visualizabas el tiempo suficiente, se haría realidad. Pero por mucho que me hubiera esforzado en visualizar a Astrid Heyman, con su mano en la mía, sus ojos azules fijos en los míos, sus labios susurrándome algo salvaje, divertido y escandaloso al oído, ella seguía totalmente ajena a mi existencia. La verdad es que, para un chico como yo, en mi posición relativamente baja en la escala social de Cheyenne Mountain High, siquiera soñar con Astrid era una idiotez. ¿Y con ella en último año y yo en penúltimo? Ni hablar. Astrid irradiaba belleza: rizos rubios brillantes, ojos azul cielo, el ceño ligeramente fruncido, siempre conteniendo una sonrisa, campeona de natación. De nivel olímpico. De hecho, Astrid era de nivel olímpico en todos los sentidos.

Emmy Laybourne
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras