
Pero una política progresista necesita más que una ruptura radical con los supuestos económicos y morales de los últimos 30 años. Necesita volver a la convicción de que el crecimiento económico y la prosperidad que conlleva son un medio, no un fin. El fin reside en cómo afecta a la vida, las oportunidades y las esperanzas de las personas. Miremos Londres. Por supuesto que a todos nos importa que la economía londinense prospere. Pero la prueba de la enorme riqueza generada en ciertas zonas de la capital no es que haya contribuido entre un 20 % y un 30 % al PIB británico, sino cómo afecta a la vida de los millones de personas que viven y trabajan allí. ¿Qué tipo de vida les espera? ¿Pueden permitirse vivir allí? Si no pueden, no compensa que Londres sea también un paraíso para los ultrarricos. ¿Pueden conseguir empleos bien remunerados o siquiera empleos? Si no pueden, no presumamos de todos esos restaurantes con estrellas Michelin y sus chefs que se dan aires de grandeza. ¿O de la educación para los niños? La insuficiencia de las escuelas no se compensa con el hecho de que las universidades de Londres puedan formar un equipo de fútbol con premios Nobel.

Eric Hobsbawm
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