
Me tumbo en muchos andenes de estación; me paro frente a muchos comedores sociales; me siento en cuclillas en muchos bancos; y entonces, por fin, el paisaje se vuelve inquietante, misterioso y familiar. Se desliza ante las ventanas occidentales con sus pueblos, sus tejados de paja como gorros, extendidos sobre las casas encaladas de entramado de madera, sus campos de maíz, que brillan como nácar bajo la luz oblicua, sus huertos, sus graneros y viejos tilos. Los nombres de las estaciones empiezan a adquirir significado y mi corazón tiembla. El tren avanza, retumbando y retumbando. Me quedo de pie junto a la ventana y me aferro al marco. Estos nombres marcan los límites de mi juventud.
Sin novedad en el frente

Erich Maria Remarque
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