
pesar de toda la burocracia, la ineficiencia y las luchas partidistas, sentiste algo parecido a la sensación que esperabas tener al hacer tu primera comunión, pero que no tuviste. Era un sentimiento de consagración a un deber hacia todos los oprimidos del mundo, del que sería tan difícil y embarazoso hablar como de una experiencia religiosa, y sin embargo, era tan auténtico como la sensación que tuviste al escuchar a Bach, o al estar en la catedral de Chartres o en la catedral de León y ver la luz que entraba por los grandes ventanales; o al contemplar a Mantegna, Greco y Brueghel en el Prado. Te hizo partícipe de algo en lo que podías creer plena y completamente, y en lo que sentías una hermandad absoluta con los demás que participaban en ello. Era algo que nunca antes habías conocido, pero que ahora experimentabas, y le diste tanta importancia, junto con sus razones, que tu propia muerte parecía completamente insignificante; solo algo que debía evitarse porque interferiría con el cumplimiento de tu deber. Pero lo mejor era que podías hacer algo al respecto de ese sentimiento y también de esa necesidad. Podías luchar.
¿Por quién doblan las campanas?

Ernest Hemingway
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